YO SÉ QUE ESTE VERANO TE VAS A ENAMORAR

Biblia y verano 9

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Quique Fernández

BILLETE DE IDA Y VUELTA

El regreso de las vacaciones nos acostumbra a traer recuerdos satisfactorios, pero demasiadas veces acompañados de rostros que denotan cierta derrota. Es fácil oír en las conversaciones entre amigos o compañeros de trabajo frases de resignación e, incluso, de amargura.

Así iban, conversando entre dosis de desesperanza, los caminantes de Emaús (Lucas 24). Era un camino de vuelta. Volvían a casa. El viaje de ida que tanto prometía, ir a celebrar la Pascua con Jesús, había tenido un desenlace que todavía les provocaba incertidumbre. Y por esa fisura se les estaban colando dudas, miedos, tristezas… ¿Qué haremos ahora sin Jesús?

En nuestros caminos de vuelta también viajamos acompañados de incertidumbres, algunas muy propias y otras compartidas. Si al inicio del verano contemplábamos el horizonte hacia el que ir llenos de ilusión y esperanza, hoy también vislumbramos un horizonte de vuelta, pero este más complicado. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué hicieron los caminantes de Emaús?

Las dudas y los miedos empezaron a disiparse por medio del conocimiento de la Ley y los profetas. Es decir, Jesús aplicó el ungüento de la Palabra de Dios, con una autoridad capaz de interpretar, descifrar y contestar cualquier duda. Jesús hablaba con autoridad, con la máxima autoridad, la del Hijo de Dios que es Dios mismo.

Así, cuando nos asaltan en nuestros «viajes de vuelta» las incertidumbres, ¿qué hacer? Acudir a la Palabra de Dios, a la autoridad de Jesús y a su Iglesia, a discernir a partir de la sencilla pregunta: ¿qué es lo que haría (o diría) Jesús? Si en nuestro diálogo de vuelta nos encontramos hablando de temas familiares, morales o sociales, y se nos presentan dilemas bien difíciles, habrá que preguntarse de manera sincera y bien dispuesta qué es lo que haría Jesús.

Nos sorprenderemos, o mejor aún, Jesús nos va a sorprender, porque desde una dinámica de comunión, tras la escucha de su Palabra y participando de la fracción del pan, todo cobrará sentido. Los discípulos de Emaús le reconocieron y comprendieron.

Este pasaje de los relatos de la resurrección nos muestra que ni el viaje de vuelta era tan malo ni con ese se acaban los viajes. Los de Emaús vuelven corriendo a encontrarse con los apóstoles, en otra ida que seguro tendrá otra vuelta. Casi podríamos decir que en el viaje de la vida y de la fe ya no está muy claro si se está de ida o se está de vuelta. El éxodo hacia la tierra prometida… ¿era ida o vuelta? Quizá no sea tan importante como lo que realmente cuenta en nuestro viaje: caminar guiados por el Señor y su Espíritu hacia nuestra tierra prometida, la Casa del Padre.

Quique Fernández

(Publicado en el semanario Catalunya Cristiana nº 1979, año 2017)

 

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Biblia y verano 8

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Quique Fernández

CON LA FE EN LA MOCHILA

Junto con las maletas hoy viajamos con mochilas urbanas que nos permiten llevar

todo lo necesario para no tener que volver al hotel hasta la noche. Son mochilas

bien surtidas de bolsillos y compartimentos para llevar la crema antisolar, las gafas

de sol, el kit navaja multiuso, el medicamento, la mini libreta y el bolígrafo… Sí,

están pensadas para poder llevar de todo y no dejarse nada que pueda resultar

necesario.

Y, sin embargo, hay mochilas que por más que abramos bolsillos y revolvamos en su interior, no llevan consigo algo tan importante como es la fe. Puede que fácilmente le demos a la fe el tratamiento de «complemento», que tanto da si la llevamos o no. Ello nos va a permitir ir por la vida de turistas, pero nos inhibe como creyentes.

En los Hechos de los Apóstoles, capítulo 8, se nos narra cómo un servidor de la reina Candace aprovecha su viaje para ir leyendo la Escritura. La fe acompaña su viaje. Lo ve Felipe y movido por el Espíritu se anima a acompañarlo por un itinerario que lo llevará de la Palabra al bautismo. Se dio el encuentro de fe porque ambos dejaron espacio en su mochila para esa fe. Me permito comentar tres breves situaciones vacacionales donde llevar consigo la fe no es para nada algo irrelevante.

Primera: cuando entro en una catedral o iglesia de las tantas que hay en el mundo, no entro como turista. Muy por encima de mi condición de visitante turista, que es ocasional y circunstancial, está el que soy creyente. Mi fe cristiana alcanza toda mi persona con todos sus aspectos. Mi visita es, pues, una visita de fe y oración. Tanto es así que recuerdo a mis hijas, de niñas, preguntar: «¿En esta también vamos a rezar?», a lo que yo respondía: «¿Crees que debemos entrar, salir e irnos sin saludar a Jesús?»

Segunda: antes de viajar a otras ciudades, a otros países, al programar la ruta, las visitas, el ocio, me informo del horario de misas. Así, el domingo no deja de ser el día del Señor. Hay mucho tiempo para monumentos, museos, parques temáticos, playas… pero también hay un tiempo para Dios, un tiempo importante. La posible escena de «¡Vaya!, hoy ya no hay más misas, he llegado tarde» puede evitarse con cinco minutos de navegar por la red antes de viajar.

Tercera: no tiene mucho sentido haber participado por la mañana de la Eucaristía y por la tarde ir a visitar el «Barrio Rojo» de alguna ciudad, donde se expone en escaparates a las esclavas sexuales del siglo XXI. Nuestra fe tiene consecuencias morales e implicaciones sociales. Mi fe no me permite ser cómplice silencioso.

Quique Fernández

(Publicado en el semanario Catalunya Cristiana nº 1978, año 2017)

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Biblia y verano (6)

Quique Fernández

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PARADA Y FONDA

Parada… Todo viaje, sea del tipo que sea y, por tanto, también el vacacional, requiere paradas. Algo así le sucedió a Jesús cuando paró en una fuente a reposar y beber agua y se encontró, o mejor se hizo el encontradizo, con la mujer samaritana (Jn 4). El reposo se convierte en oportunidad para el encuentro y el diálogo, en la posibilidad de descubrir al otro y sus necesidades.

Es posible que este verano, en algún encuentro reposado, se nos presente la posibilidad de dar testimonio de nuestra fe, razón de nuestra esperanza. En momentos de calma es mucho más fácil mantener un diálogo sincero. Es importante que, desde esa sinceridad, sea presentada la Verdad. Pero también es de igual importancia que la verdad no sea lanzada como pedrada contra nadie. La fe siempre es invitación. Así lo hace Jesús con la samaritana: le presenta la Verdad y le propone abrazarla con sus consecuencias.

Eso mismo es lo que hace la Amoris laetitia del papa Francisco. Genera encuentro, dialoga con los que pasan por momentos de dificultad o de sombras. Hoy también, como entonces ocurrió en el relato de la samaritana, algunos discípulos se sorprenden o escandalizan de ese diálogo. Hemos de descubrir, todos, que el diálogo también es con nosotros. A todos Jesús nos propone una fuente de agua viva, que lejos de ser agua que se queda estancada, es agua que brota y se transforma en río de agua viva que conduce a la vida eterna…

... y fonda. Algunos de esos momentos de reposo son más amplios, intensos y celebrativos. Está bien la parada para beber un vaso de agua fresca y está también muy bien sentarse a la mesa y compartir paella, tinto de verano y conversación con familia y amigos. De por sí, aunque con diferente menú, esta era una de las formas de trato fraternal más frecuentes en Jesús.

A Jesús le llegan a llamar «comilón y borracho» (Lc 7). Lo hacen los mismos que «Juan el Bautista que no comía pan ni bebía vino, decían: demonio tiene.» Jesús no tiene problema ni se esconde, ya no de comer y beber, sino de incluso hacerlo como amigo de publicanos y pecadores. Es más, en un golpe de humor, el evangelista

san Lucas, en este mismo capítulo 7, justo a continuación, relata que un fariseo rogó a Jesús

que comiera con él.

Jesús sabe bien lo que puede dar de sí el fraternal diálogo de sobremesa. A las personas hay

que dedicarles tiempo y afecto. Sin eso, la doctrina puede parecer fría, distante… que es justo

lo contrario de cómo se muestra Jesús, cercano y amigo.

Quique Fernández

(Publicado en el semanario Catalunya Cristiana nº 1976, año 2017)

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Biblia y verano (5)

Quique Fernández

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CAMINAR BIEN ACOMPAÑADOS

Cuántas veces habremos oído decir o, incluso, nos habrán dicho a nosotros que es mejor «estar solo que mal acompañado». No seré yo quien le quite su valor a esta frase que reconozco contiene una buena dosis de sabiduría. Pero… prefiero fijar mi mirada en la vertiente positiva y, por tanto, reformular la frase, creo que con la misma base de sabiduría, para así poder decir que mucho mejor que estar solo es el ir bien acompañado.

De ahí, por tanto, la importancia del «compañero de camino». Nos lo muestra en el Antiguo Testamento el Libro de Tobit (o Tobías). Tobit envía a su hijo Tobías a un viaje con una misión concreta y, en apariencia, relacionada tan solo con la economía familiar. Sin embargo, cuando el Espíritu tiene espacio en nuestras vidas y dejamos que nos sorprenda… el viaje tendrá como culmen el matrimonio con Sara, a la que se le han muerto ya siete maridos en el lecho de bodas. Pues bien, Tobías va a hacer el viaje acompañado de un compañero que en realidad es el arcángel Rafael, enviado de Dios, que le ayudará a que los planes salgan bien, aunque sean planes imprevistos porque estamos ante la aventura de vivir.

Hacer camino acompañado de un enviado de Dios nos puede reportar unas ventajas nada desdeñables: su presencia nos hace presente a Dios, nos aconseja con la sabiduría de Dios, nos aleja del desánimo y el desencanto, de la insatisfacción y la frivolidad… Mi viaje de ocio, de vacaciones, no está inevitablemente destinado, por un guión prefijado, a ser tan solo lo que muestra la apariencia en forma de guión. Dios nos ayuda, por medio de sus enviados, que pueden ser ángeles pero que, habitualmente, son familiares y amigos que nos quieren, acompañan y guían bien.

En clave cristiana, el gran compañero de camino, el que no puede faltar es Jesús de

Nazaret, el Buen Pastor que nos guía por cañadas seguras y nos conduce hasta

verdes praderas en las que reposar (Salmo 23). Eso lo saben bien los caminantes de

Emaús, que caminaban perdidos y temerosos y, como a Tobías el arcángel Rafael,

se les apareció un tercer caminante que resultó ser Jesucristo, Camino, Verdad y

Vida. Así, acompañado de Jesús cuando, por ejemplo, entro en una catedral no soy solo un turista, soy un discípulo seguidor de Jesucristo. En cambio, desde esa misma identidad creyente, declino participar de ofertas turísticas lujosas o frívolas. A ello también me ayuda, junto a Jesús, caminando atenta a nuestras necesidades, su Madre, Santa María del Camino.

Quique Fernández

(Publicado en el semanario Catalunya Cristiana nº 1975, año 2017)

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Biblia y verano (4)
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Quique Fernández

¿QUË PONER EN LA MALETA?

Reconozco, ya de entrada, que me produce bastante pereza o desgana hacer la maleta. Tener que escoger lo que pondré en ella y, por tanto, descartar lo que no llevaré, tratando de acertar sobre variables tan escurridizas como qué tiempo va a hacer o cuánto tiempo podré dedicar a actividades complementarias, como por ejemplo leer. Tanto es así que la hago siempre en el último momento.

Aun así, me va a resultar difícil evitar los dilemas sobre qué cantidad de mangas cortas o de bermudas llevar, o cuántos libros. Porque lo que está en riesgo es llevar ropa que no nos pondremos o libros que no leeremos y, en cambio, dejarse lo que sí acabará resultando necesario. A fin de cuentas, hacer la maleta es una tarea que requiere de ciertos criterios de utilidad provechosa.

Jesús nos da una importante pista a la hora de viajar y decidir qué llevar en nuestra maleta: «No llevéis oro ni plata» (Mt 10,9). Mi maleta, pues, no debe ir demasiado cargada, y por extensión tampoco mi viaje debe, ser sobrecargado. Cuando Jesús habla de «oro y plata» se refiere, sin duda, al exceso de lujo. Ni mi viaje ni mi equipaje, si quiero que correspondan verdaderamente a un cristiano, deben ser lujosos. Y cuando se habla de lujo también cabe entender el excesivo confort. Es decir que el «oro y plata» también se pueden traducir por hoteles, restaurantes o cruceros de lujo.

Dicho de otro modo, mi equipaje no puede ser excluyente, a causa del lujo, de las necesidades de mis hermanos, especialmente los más débiles. En mi maleta ha de caber mi hermano. No se trata de meterlo literalmente a él. Pero, además, en mi maleta debe quedar espacio para todo lo que voy a vivir, experimentar y aprender de los demás. Una maleta sin espacio libre no admite nada de nadie. Es intolerante, fundamentalista. Ya lo tiene todo, ya lo sabe todo, no necesita nada porque es autosuficiente, se siente completa. Esa soberbia nunca será de Dios, Él siempre está en la sencillez.

Nos dice el libro de Proverbios: «La Sabiduría está con los humildes» (11,2). Así, además del espacio para el hermano y para lo que él me puede aportar, dejaré sitio en la maleta para Dios. Su Palabra, su Sabiduría, la Biblia, en formato libro, aunque solo sean los Evangelios, o en formato electrónico, en tablet o móvil, hará que el equipaje y el viaje sean más agradables a Dios.

Quique Fernández
(publicado en el semanario Catalunya Cristiana núm. 1974, año 2017)

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Biblia y verano (3)
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Quique Fernández

PLANIFICAR CON DIOS LAS VACACIONES

El tiempo de ocio y, especialmente, las vacaciones requieren un plan. En cuanto nos

ponemos a planificar fechas, lugares, actividades... ya empezamos, de alguna manera, a

gozar de este tiempo de familia, amigos, ocio y descanso. Los hay que dedican un buen

tiempo a confeccionar su programa de vacaciones. Hay tanto por hacer... hay tanto que se nos ha quedado por hacer, por falta de tiempo y de fuerzas, durante el curso.

Esos planes incluyen buenos propósitos: este verano aprovecharé para la lectura, para mejorar un idioma, para viajar y conocer otras culturas. Un plan con buenos propósitos va a tener que discernir entre lo que va a escoger e, inevitablemente, lo que tendrá que descartar. Al final, como no da tiempo para todo, lo importante no es tanto lo que voy a hacer sino cómo lo voy a vivir. Hay unas palabras de san Pablo que pueden expresar en clave cristiana muy bien este «vivir» por encima del «hacer». Dice así: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).

Así pues, hagamos los planes vacacionales, de ocio, de descanso, de viaje, sabiendo que me serán verdaderamente lícitos, que serán realmente los planes de un cristiano, si son compatibles con la gloria de Dios, si no ofenden a Dios. Pero, ¿a Dios por qué le va a ofender mi ocio, mi viaje? A Dios le va a ofender aquello que hagas y pueda ofender a tu hermano: el derroche, el despilfarro, la indiferencia hacia el débil, la falta de respeto, la frivolidad... Puede ser bueno, pues, antes de discernir sobre nuestros planes vacacionales tener en cuenta aquellas palabras de Jesús: «Pero, ¿con quién compararé esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados, en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: “Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos cantado lamentaciones, y no habéis hecho duelo”» (Mt 11,16-17).

Mientras a muchos de ellos, nuestros hermanos, les es imposible satisfacer el mínimo necesario para vivir dignamente, muchos de nosotros, sus hermanos, nos comportamos como perennes insatisfechos. Nada logra saciar nuestras ansias y, por ello, cada vez requerimos experiencias más sofisticadas y costosas. En cambio, corremos el riesgo de no incluir en nuestro programa estival los planes de Dios.

Quique Fernández
(publicado en el semanario Catalunya Cristiana núm. 1973, año 2017) 

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Biblia y verano (7)

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Quique Fernández

CUANDO LOS PLANES SE TUERCEN

La vida no es un guión al que uno pueda ajustarse sin que surjan imprevistos. Y las vacaciones no están ajenas a ciertos baches: huelgas de diferentes colectivos, retrasos en los vuelos, un ataque de lumbago el mismo día en que se ha de viajar… todo ello parece que solo les pasa a los demás hasta que nos pasa a nosotros.

Pero aún hay más, o puede haberlo. La catedral que visitamos está tapada por andamios y lonas debido a las reformas, aquel claustro de nuestros sueños tiene un horario diferente y lo encontramos cerrado… nada nuevo, de ello ya nos habla en el Antiguo Testamento en el libro de Eclesiastés (o Qohélet):

«Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros el correr ni de los esforzados la pelea; como también hay sabios sin pan, como también discretos sin hacienda, como también hay doctos que no gustan, pues a todos les llega algún mal momento» (9,11).

A todos nos llega algún mal momento. A veces por causas externas, como las ya mencionadas, y otras por nuestros errores, limitaciones y culpas. Sí, también por nuestras culpas. Algunos malos momentos los puedo crear yo mismo a causa de mi orgullo, de mi falta de tolerancia y generosidad. ¿O no empiezan así algunas discusiones con nuestros seres queridos?

Pero a lo que vamos, ¿qué hacer cuando las cosas se tuercen? Quizá podríamos empezar por darnos a nosotros mismos esos tan buenos consejos que les damos a los demás. Seguro que más de una vez hemos regalado a nuestros familiares y amigos palabras llenas de ánimo, de esperanza. Pero muy pocas veces esas mismas palabras nos las aplicamos a nosotros mismos. ¿Acaso tan solo las decíamos para quedar bien o para salir del paso?

Como cristianos estamos llamados a vivir la Espiritualidad de la Aceptación, que no es en ningún modo un conformarse o resignarse, que tantas veces desembocan en la amargura. Al contrario, es ser conscientes de que todo no depende de nosotros, que como a todos nos llegará algún mal momento, y que lo que va a distinguir que lo malo no sea peor, que lo malo se nos pueda mostrar, incluso, como oportunidad de crecer en la fe, es nuestra

actitud de esperanza.

¿El desastre es que llueva el día de la boda (que a alguien le ha de llover) o el

desastre es que lo consideremos un desastre y, así, lo convirtamos en desastre?

Dice el mismo capítulo del Eclesiastés, cuatro versículos atrás: «Anda, come con

 alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino.» La alegría hace mejor el pan, la boda,

las vacaciones… la vida.

Quique Fernández

(Publicado en el semanario Catalunya Cristiana nº 1977, año 2017)

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Biblia y verano (2)
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Quique Fernández

¡QUÉ GRAN INVENTO ES EL DESCANSO!

Conforme se acerca el periodo vacacional aparecen los resoplidos propios del calor sufrido, pero también del cansancio acumulado. Estamos ante muchas personas que cinco o seis días a la semana madrugan. Muchos de ellos suman, a las duras horas de su trabajo, las tareas del hogar, el cuidado de los hijos pequeños o de los padres mayores, o de ambos. Los hay que han dedicado muchas fuerzas y esperanzas a encontrar un trabajo que se resiste y que necesitan de forma urgente e imprescindible.

Ese cansancio acumulado tiene una respuesta por parte de Dios. Ya sabemos que Dios siempre tiene para nosotros una actitud y respuesta comprensiva, compasiva y misericordiosa. Pero, además, estamos ante una respuesta pionera. La encontramos en el primer libro de la Biblia, en el Génesis, en su primer relato de la creación, cuando dice «y al séptimo día descansó» (2,2)

Dios «descansa» sin necesidad alguna de descansar y con ese «descanso» nos otorga a nosotros, sus hijos, la legitimidad del descanso a su imagen y semejanza. Podemos decir, pues, sin lugar a dudas y sin tener miedo a exagerar lo más mínimo que Dios inventó el descanso. Incluso, podemos ahondar aún más formulando la siguiente propuesta: de la misma forma que la creación de los seis días anteriores es buena, y así lo afirma el mismo relato en la repetición diaria de «y vio Dios que era bueno», también en la misma línea podemos sostener que Dios no solo creó, inventó, el descanso, sino que además lo creó, bueno. El descanso es bueno.

Pero, cuidado, que la Biblia, el Génesis, no nos dice que en ese séptimo día Dios no hiciera nada. El relato no acaba sin hacernos saber que «y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó». Sirva esto para decir que los relatos bíblicos hay que leerlos enteros para no perder su verdadero significado.

El descanso no consiste en no hacer nada. Ni siquiera el descanso en clave cristiana consiste tan solo en hacer otra cosa. «No hacer...», «hacer...». La cuestión tiene que ver con «vivir», en

cómo vivimos el tiempo de descanso, sea un domingo o sean unas

vacaciones. Tan solo un detalle más: da gracias a Dios de tu descanso y

recuerda que otros, con su trabajo, lo hacen posible. Agradece con tu

respeto su trabajo.

Quique Fernández
(publicado en el semanario Catalunya Cristiana núm. 1972, año 2017) 

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Biblia y verano (1)

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Quique Fernández

Recuperamos una serie de artículos publicados hace cuatro años en el Semanario Catalunya Cristiana.

Tan solo un detalle: si, por ejemplo, aparecen "playas abarrotadas" ten en cuenta que están escritos hace cuatro años y, sobre todo, que es posible que en mucho menos tiempo volverán a estarlo.

CONTEMPLAR EL HORIZONTE

Ha llegado el verano por nuestras latitudes y seguramente la imagen veraniega por excelencia es la playa y el mar. Aunque a menudo las playas están tan abarrotadas que se podría decir que solo se consigue respirar mirando al mar, mirando a ese horizonte que es imagen de libertad.

Y si, además, contemplamos ese horizonte al atardecer, entonces no solo nos evitamos la multitud de vecinos de toalla y sombrilla sino que a la sensación de libertad le vamos a poder sumar también la de serenidad. Pocas cosas hay tan serenas como estar sentado al atardecer en la arena de la playa contemplando el horizonte de libertad y serenidad.

Pues bien, precisamente es esta imagen la que te propongo para este verano con respecto a la Biblia. Si estás en una playa abarrotada, si te sientes agobiado, si el tiempo de presunto descanso te va a dejar aun más agotado y acabarás volviendo el lunes, o al final de las vacaciones, derrotado al trabajo, a las ocupaciones diarias… lo que tú necesitas son esa libertad y serenidad para afrontar tu vida y tu felicidad.

Toma pues tu Biblia y contempla el horizonte que te presenta. Cuanto más contemplas el horizonte sentado desde la arena fresca del atardecer más te ocurre un fenómeno curioso e interesante: por un lado, parece que el horizonte se te acerca y, por otro, parece que eres tú el que se acerca a ese horizonte.

Así, en la Biblia, ese horizonte, en el que Dios se hace presente, se acerca a ti, cada vez que lees su Palabra y, también, te acercas tú a Él cada vez que meditas lo que ha escrito para ti. La Biblia es, pues, ese punto de encuentro al que has sido llamado por Dios, es el punto donde se encontraron y se encuentran el Padre que ama y el hijo que vuelve a la busca de ese amor.

Nos lo decía así, en un día de verano, el Papa Benedicto XVI: «Esta parece ser una hermosa ocupación para las vacaciones: tomar un libro de la Biblia, para encontrar así un poco de distensión y, al mismo tiempo, entrar en el gran espacio de la Palabra de Dios y profundizar nuestro contacto con el Eterno, precisamente como finalidad del tiempo libre que el Señor nos da» (3 de agosto de 2011)

Quique Fernández

(publicado en el semanario Catalunya Cristiana núm. 1971, año 2017)

 

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