LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (CAP. 17)

Óscar Rodríguez

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4. La oración de Jesús en la Última Cena

4.2 La oración sacerdotal

4.2.3 Jesús ora por todos los creyentes (vv. 20-23)

En la tercera parte de la oración sacerdotal se amplía el horizonte. Ahora Jesús mira al futuro. No ora sólo por los apóstoles, sino también por los que un día, por medio de la palabra de los apóstoles, creerán en él u entrarán en el verdadero redil. Por eso se puede hablar aquí de “oración de Jesús por la iglesia”. Como por los apóstoles, Jesús ora por los futuros creyentes para que sean entre ellos una sola cosa, participando en la comunión de vida que existe entre el Padre y el Hijo. Como el Padre y el Hijo están unidos en un mismo conocimiento y en un mismo amor, así también los que crean en Cristo deben ser una sola cosa. La unidad de los cristianos debe ser para el mundo el gran signo que atestigua la verdad del mensaje de Jesús y la autenticidad de su misión mesiánica:

Pero no te ruego solamente por ellos, sino también por todos los que creerán en mí por medio de tu palabra. Te pido que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros y el mundo crea que me has enviado (vv. 20-21).

Para la mentalidad moderna, esta oración de Jesús por la Iglesia presenta una gran paradoja. Jesús quiere que el reino de Dios se instaure en el mundo y, sin embargo, no ruega directamente por su difusión por medio del apostolado y la actividad misionera. Ora, ante todo, por la santificación de los suyos, más que por su actividad apostólica. Según esta oración, la conversión del mundo no se realizará tanto por la predicación del Evangelio como por el testimonio del amor mutuo y la unidad entre los cristianos. Sin la santificación del apóstol no se puede hablar de misión apostólica, sino, a lo sumo, de propaganda. El que todos sean uno es para que el mundo crea.

4.2.4. Oración final (vv. 24-26)

Después de haber echado una mirada a su misión mesiánica, cumplida en la tierra para gloria del Padre, a la elección de los apóstoles y a su mandato de predicación en el mundo, Jesús pone ahora la atención en la fase conclusiva del largo camino: la gloria en la casa del Padre. He llegado el momento de volver al Padre, y desea que también todos sus discípulos están donde el Padre, junto con Él.

Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque tú me amaste antes de la creación del mundo (v. 24).

Llama la atención el cambio de verbo. Hasta ahora, Cristo viene diciendo: ruego, pido. Aquí, en cambio, dice: yo deseo. Expresa que está pidiendo lo más importante, que coincide con la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cfr. 1 Tim 2,4). Pide que la unión de los discípulos, iniciada aquí en la tierra por medio de la fe se pueda completar en el cielo con la visión beatífica.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; yo, en cambio, te conozco y todos estos han llegado a reconocer que tú me has enviado. Les he dado a conocer quién eres, y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos, y yo mismo esté en ellos (vv. 25-26)

En estos dos versículos se encuentra la esencia de la revelación. La revelación es una noción básica para nosotros, porque el cristianismo es el resultado no del esfuerzo de la criatura humana para conocer a su creador, sino el fruto de una búsqueda y desvelamiento por parte de Dios a las que Él mismo creó capaces de conocerle. La revelación que Dios ha hecho de Sí mismo por Jesucristo nos introduce en la participación de la vida divina que culminará en el cielo:

Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de Sí mismo, revelándose a Sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados a participar por la gracia, aquí en la tierra, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la luz sempiterna (PABLO VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 9)

Esta revelación es un abajamiento de Dios a categorías asequibles por nosotros. Lo veremos más adelante cuando estudiemos el himno de San Pablo en la carta a los Filipenses. Según la tesis de un teólogo, la búsqueda del hombre por parte de Dios se produce en lo que podríamos llamar los “cuatro movimientos de Jesús en el misterio de la Salvación”: Jesús viene del Padre (descenso); está con sus discípulos, vuelve al Padre; viene de nuevo a la Iglesia después de la Pascua y al final de los tiempos. No vuelve sólo en el momento de la Parusía. De hecho, ha prometido en la Última Cena: Yo me voy, pero volveré a vosotros. Es la misteriosa presencia de Cristo en la Iglesia y en todos los creyentes (Cf. V. PASQUETTO, Encarnación y comunión con Dios).

 

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 16)

Óscar Rodríguez

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4.La oración de Jesús en la Última Cena

4.2. La oración sacerdotal

4.2.2. Jesús ora por sus discípulos

También para los discípulos ésta es la hora privilegiada y solemne del último encuentro con su Maestro: la hora de la manifestación del amor de Jesús “hasta el final” en la Eucaristía y del anuncio del “mandamiento nuevo” del amor mutuo. En esta hora de la separación, Jesús dirige al Padre una oración especial y solemne por ellos. Éstas son sus palabras:

Yo te ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado; porque te pertenecen (v. 9).

Jesús no se niega a orar por el mundo; pero, en este momento especial, su oración se refiere exclusivamente a los apóstoles, y contiene tres peticiones específicas al Padre:

- La unión en la fe

- La defensa del maligno

- La santidad

Veamos detalladamente cada una de estas peticiones.

La primera petición es ésta:

Padre santo, guárdalos en tu nombre [el nombre] que me has dado para que sean uno, como tú y yo somos uno (v. 11b).

El factor de unidad entre los discípulos es su fe en el nombre del Padre, y el paradigma o modelo de esa unidad es la que existe entre el Padre y el Hijo, es decir la que existe entre las tres Personas divinas. San Cipriano describe a la Iglesia precisamente como unidad, con una frase realmente lapidaria:

In unitate Patris, et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata: Un pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (De dominica oratione).

A los discípulos les esperan muchas pruebas y luchas (cf Mt 10,16-31), y no se librarán del sufrimiento, como tampoco se ha librado su Maestro; pero Jesús ora para que sean defendidos del maligno:

No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (v.15).

“Mundo”, en la Sagrada Escritura, tiene varias acepciones. La primera designa el conjunto de la creación (Gen 1,1ss), y dentro de ella, la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente (Prv 8,31). En este contexto se entiende el ruego del Señor: “No te pido que los saques del mundo”:

Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno (cfr Gen 1,7ss). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios (Beato Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 114).

En segundo lugar, “mundo” indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que se pueden presentar en oposición a los del espíritu (cf Mt 16,26).

Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, “príncipe de este mundo” (Jn 12,31; 16,11), el “mundo” es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores (Jn 1,10). En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos:

No son del mundo, como yo no soy del mundo (v.16)

También a esa acepción peyorativa se refiere la doctrina tradicional, que considera el mundo, junto con el demonio y la carne, como enemigos del alma frente a los cuales hay que estar en constante vigilancia. Esta vigilancia es lo que llamaríamos la dimensión “ascética” de la santidad, que es la tercera petición de Jesús:

Santifícalos en la verdad. Tu palabra es verdad: Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo; por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad (vv. 17-19).

La santificación que Jesús pide para sus discípulos no es una separación cultual del mundo profano, según la concepción veterotestamentaria. Al contrario, los discípulos son enviado a un mundo pecador. La separación debe darse en su corazón por medio de una continua conversión y una renovación interior. El único santo es Dios, de cuya santidad participan las personas y las cosas. “Santificar” consiste en consagrar y dedicar algo a Dios, excluyéndolo de los usos profanos: en este sentido Dios dice a Jeremías:

Antes que tú salieras del seno materno no te santifiqué, te constituí profeta para las naciones (Jer 1,5).

La consagración a Dios exige perfección o santidad del don consagrado, a semejanza del sacrificio de Abel el Justo (Plegaria Eucarística I). De ahí que una persona consagrada deba tener la santidad moral, ejercitarse en las virtudes morales. Ambas cosas –consagración y perfección- pide aquí el Señor para sus discípulos, porque las necesitan para su misión sobrenatural en el mundo.

 

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 12)

Óscar Rodríguez

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3. La oración del Mesías

3.5. La Transfiguración en el Tabor

Esta escena es narrada por Mateo, Marcos y Lucas, pero, como sucede en otras ocasiones, sólo Lucas dice que en ese momento Jesús estaba en oración:

Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante (Lc 9,28-29).

Para comprender bien el sentido de la “Transfiguración” de Jesús hay que situarse en el telón de fondo de los acontecimientos que le preceden. Es necesario, ante todo, recordar que, tras la confesión mesiánica de Pedro, Jesús había predicho por primera vez su pasión. Así como la necesidad para los discípulos de ser partícipes de la misma:

El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga (Lc 9,22).

En el versículo 28, Lucas dice unos ocho días después; pero, en su evangelio, el relato de la Transfiguración viene inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión. Por eso, esta glorificación de Jesús, en presencia de tres de sus discípulos, debía tener sin duda la finalidad de fortalecer su fe tras el anuncio que les había hecho de su pasión y muerte y tras la invitación que les había dirigido a llevar la cruz con Él.

Este anuncio tenía que resultar demasiado duro para los discípulos. Su fe y su confianza en Jesús se ponían fuertemente a prueba. Por eso, la visión anticipada de la gloria pascual debía servirles de ayuda. La perspectiva de la glorificación del Señor y de la plena manifestación del reino de Dios debía darles el valor y la fuerza necesarios para ir al encuentro de la cruz.

Así lo expresa el Prefacio de la Misa de la Fiesta de la Transfiguración:

(...) les dio a conocer en su cuerpo,

en todo semejante al nuestro,

el resplandor de su divinidad.

De esta forma, ante la proximidad de la Pasión,

fortaleció la fe de sus apóstoles,

para que sobrellevasen el escándalo de la cruz.

También en la fiesta de la Transfiguración, la Liturgia de las Horas propone la siguiente lectura:

Después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del Reino y de su venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del Reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación (“theophaneian”, teofanía), en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los Cielos” (San Anastasio).

El suceso del Tabor es, por tanto, una prefiguración de la glorificación futura de Jesús en el misterio pascual y en la Parusía:

Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco.» Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2 Pe, 1,16-18).

Si tenemos presentes estos elementos, podremos comprender mejor por qué dice San Lucas explícitamente que Jesús en ese momento estaba en oración. Incluso se puede decir que presenta la Transfiguración de Jesús como una irradiación de su oración.

La voz celeste que se dirigió a los discípulos es como un eco de la que habló a Jesús en el Jordán, también allí mientras estaba en oración. Después del bautismo oyó:

Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.

Aquí los tres discípulos oyeron:

Este es mi Hijo elegido, escuchadlo (Lc 9,35).

¿Cuál era el contenido de la oración de Jesús en este momento? Aunque el evangelista calla, podemos con facilidad imaginarnos que por parte de Jesús fue una toma de conciencia tan profunda de la propia misión recibida del Padre que cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente (v. 29).

La presencia de Moisés y de Elías tiene una particular fuerza persuasiva: Tanto Moisés, el salvador del pueblo en Egipto, como Elías, el gran profeta misteriosamente arrebatado hacia el cielo, resultan ser prefiguradores del Salvador del mundo que ahora está sentado a la derecha del Padre.

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (VIII)

Óscar Rodríguez

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3. La oración del Mesías

3.1. El Bautismo de Jesús en el Jordán

Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado.» (Lc 3,21-22)

El Bautismo de Jesús se considera el comienzo de su vida pública. Aunque San Mateo y San Lucas nos narran varios episodios de su infancia, los cuatro evangelistas sitúan en el Jordán el comienzo de su obra mesiánica. A nosotros nos interesa este episodio por la puntualización que hace San Lucas: en ese momento Jesús estaba en oración. En realidad, la escena se compone de dos: 1) el Bautismo de Jesús junto con el de la multitud y 2) el momento de la oración de Jesús, durante el que se produce la teofanía.

El acontecimiento del Bautismo del Jordán es considerado por la teología como el momento de la unción mesiánica de Jesús. Para entender mejor lo que significa el gesto de la unción, leamos la unción del rey David:

Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: «A ninguno de éstos ha elegido Yahveh.» Preguntó, pues, Samuel a Jesé: «¿No quedan ya más muchachos?» El respondió: «Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.» Dijo entonces Samuel a Jesé: «Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.» Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo Yahveh: «Levántate y úngelo, porque éste es.» Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh (1 Sam 16,10-13).

Mesías significa “ungido”. Así explica el Catecismo la condición mesiánica de Jesús:

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo "Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey (Catecismo de la Iglesia Católica, n 436).

San Ireneo comenta así la teofanía del Jordán: "Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre entendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción" (S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18, 3).

Y San Hilario la aplica a la santificación de los bautizados: Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).

El hecho de que Jesús esté en oración al comienzo de su misión salvadora se asocia inevitablemente con otro comienzo de misión, el de la Iglesia.

“Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (He 1,14).

Los apóstoles, con la Virgen María, cumpliendo la indicación de Jesús, no se separaban ni se movían de Jerusalén a la espera de la efusión del Espíritu Santo, y lo hacían perseverando en la oración.

Santo Tomás de Aquino añade una razón más:

Después del bautismo le es necesaria al hombre la oración para lograr la entrada en el Cielo, pues si bien por el bautismo se perdonan los pecados, queda sin embargo interiormente la inclinación al pecado (Suma Teológica, III, q. 39, a. 5).

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (IX)

Óscar Rodríguez

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3. La oración del Mesías

3.2. La elección de los doce apóstoles

Para la misión mesiánica de Jesús y para el futuro de la Iglesia, esta elección de los “Doce” –un número simbólico que evoca las doce tribus de Israel- es de capital importancia. Esto es algo que se ha subrayado desde el comienzo de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo el episodio de la elección de Matías:

Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección.» Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Entonces oraron así: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse adonde le correspondía.» Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles (He 1,21-26).

También tiene mucho interés la descripción de la nueva Jerusalén al final del Apocalipsis:

Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Angeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas. La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero (Ap 21,12-14).

San Lucas es el único evangelista que hace de la elección de los Dice vaya precedida de una larga oración nocturna de Jesús:

Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles (Lc 6,12-13)

San Marcos, por su parte, añade una frase preciosa cuando dice que los eligió para que estuvieran con Él (Mc 3,15). La llamada de los Doce tiene como primer objetivo que los llamados estén con Jesús, aprendan de Él. Sólo a partir de esa unión con el Maestro podrán ser enviados para que sean sus testigos. Es, por otro lado, una señal de la unión de la Iglesia con Cristo: Donde está la Iglesia está Jesús y donde está Jesús está su Iglesia.

Lucas dice que Jesús ha preparado esta elección en la oración. Aunque no se nos diga el contenido de esta oración, las circunstancias nos lo hacen intuir con bastante claridad. Jesús ha orado por sus discípulos, muy especialmente por los Doce, para que permanezcan fieles a su llamada y para que, estando cerda de Él, como sugiere el texto de San Marcos, gracias e este contacto profundo puedan creer en Él, comprender su misión y transmitir su mensaje de salvación a los futuros discípulos. Por tanto, la oración nocturna de Jesús antes de la elección de los apóstoles brotaba de su conciencia mesiánica y la suscitaba su gran preocupación por el reino de Dios.

Otro detalle de San Marcos merece una consideración particular. Dice: Y formó el grupo de los doce, en griego “kai epoiesen dodeka”, que la Vulgata traduce: “Et fecit duodecim”, que significa algo más que una simple selección de discípulos. Es, más bien, la constitución de un grupo estable, a modo de colegio, en cuyo interior, más adelante, instituirá una cabeza, en la persona de Simón Pedro. Se perfila desde el principio, en la intención de Jesús, la naturaleza jerárquica de la Iglesia. El último Concilio Ecuménico lo ha explicado de esta manera:

El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a Sí a los que Él quiso, eligió a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar el Reino de Dios; a estos Apóstoles los instituyó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos. Esta divina misión, confiada por Cristo a los Apóstoles, ha de durar hasta el fin del

mundo, puesto que el Evangelio que ellos han de propagar es en todo

tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por eso los Apóstoles

se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente

organizada (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática “Lumen

gentium”, nn. 19- 20)

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 10)

Óscar Rodríguez

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3. La oración del Mesías

3.2. La multiplicación de los panes

La multiplicación de los panes en el desierto supone un momento decisivo para Jesús y su misión mesiánica. Especialmente para los evangelios sinópticos el significado fundamental de este milagro es que, por medio de él, los discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías esperado. Pero este descubrimiento 16 comportaba al mismo tiempo un peligro, a causa de la ambigüedad de la idea del “Mesías” entre los judíos. Sabemos que, en el ambiente judío de aquel tiempo, la espera mesiánica había tomado un tinte fuertemente político. Jesúas era el Mesías, sin duda; pero ¿era el Rey-Mesías en el sentido en que se imaginaban los judíos y tal vez también los discípulos. Rotundamente no. La imagen que tenían del Mesías necesitaba ser purificada.

La multiplicación de los panes venía prefigurada por el milagro del maná en tiempo de Moisés, durante el éxodo. Jesús se presenta abiertamente como el nuevo Moisés y, por tanto, como el Mesías esperado, como el nuevo guía y pastor del Pueblo de Dios.

Al ver el prodigio, la multitud estaba entusiasmada: Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Jn 6,14-15).

Se repite para Jesús la tentación del desierto, la tentación de un mesianismo terreno. Pero ya entonces había rechazado radicalmente esta tentación de poder político: Apártate de mí, Satanás (Mt 4,10). ¿Cómo reacciona ahora? Huyó de nuevo al monte él solo. Pero en los evangelios de Mateo y Marcos se añaden unos detalles significativos:

Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí (Mt 14,22-23; cf. Mc 6,45-46).

Jesús ordena a los discípulos que se marchen, seguramente para evitarles también a ellos la tentación del mesianismo terreno y político. Él, por su parte, se marcha para orar. Ninguno de los evangelistas habla del contenido de esta oración de Jesús, pero está implícito en el texto que ha orado por su misión mesiánica y por la fe de sus discípulos. Orando, ha profundizado y purificado la propia conciencia mesiánica. No es que hubiese experimentado una verdadera tentación de poder político, sino que en su oración al Padre quería priver de su poder a las potencias del mal y, sobre todo, profundizar ante Dios en la dimensión espiritual de su misión. Es su lucha por romper el binomio Mesías-Rey que estaba en la esperanza colectiva del pueblo. Jesús no manifestará su condición regia hasta el momento de su Pasión, cuando ante Poncio Pilato sea presentado como un condenado enemigo del pueblo. Entonces hablará con claridad y sin peligro de que sus palabras resulten ambiguas:

Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. (Jn 18,36-37)

Seguro que ha orado también por los discípulos, por su fe y perseverancia y, sobre todo, por la pureza de su fe en Jesús. Ésta es su mayor preocupación.

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 11)

Óscar Rodríguez

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3. La oración del Mesías

3.4. La confesión mesiánica de Pedro

Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9,18).

San Lucas trae esta escena inmediatamente después de la multiplicación de los panes, a diferencia de Mateo y Marcos, que sitúan en otro momento lo que en Lucas es inmediato: multiplicación de los panes oración de Jesús-confesión de Pedro.

Este momento tenía que llegar. Jesús tenía que plantear a los discípulos el acto de fe. Habían sido testigos de numerosos prodigios, habían asistido al sermón de la montaña, que es como el acta del Reino de Dios. Debían confesar su fe en Jesús y, sobre todo, qué clase de fe. La pregunta ¿Quién dice la gente que soy yo? es una introducción a la que vendrá después: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Leamos el pasaje entero según San Mateo, que contiene los siguientes elementos:

- La pregunta sobre quién es Jesús.

- La respuesta de Pedro.

- La promesa del primado a Pedro.

- El anuncio de la Pasión.

- El rechazo de Pedro

- La reconvención de Jesús

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,13-24).

Así, pues, sabemos por San Lucas que antes de este momento clave Jesús está en oración. ¿Qué es lo que ora en Cesarea de Filipo? Tampoco esta vez se nos dice cuál es el contenido de su oración; pero está claro que el evangelista quiere sugerir una relación entre la pregunta de Jesús a sus discípulos y la oración que le acaba de preceder. Pedro está en disposición de confesar su fe en nombre de los Doce; pero ¿de qué fe se trata? Jesús quiere impedir que los discípulos, al reconocer en Él al Mesías, se inclinen por una visión política. Que existe ese peligro lo prueba la reacción de Pedro en el primer anuncio de la Pasión. Pedro se muestra indignado: Dios no lo quiera, Señor; no te ocurrirá eso (v.22). Para Jesús, la incomprensión de Pedro es como una repetición de la tentación del desierto; y la reacción de Jesús es también semejante a la de entonces: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Escándalo eres para mí (v. 23). Es una expresión dura, una de las más duras que conocemos de Jesús. Pero revela la seriedad de la situación. Por eso la oración de Jesús debió ser muy intensa, porque estaba en juego el significado religioso de su mesianismo.

Este modo de desarrollarse los acontecimientos explica por qué hace Jesús en este momento el primer anuncio de su Pasión: resultaba conveniente, para purificar la fe de sus discípulos, desvelarles el destino trágico que le esperaba, y hacerlo en un contexto mesiánico. Las profecías sobre el Siervo de Yahvé, que expía los pecados del pueblo, estaban prácticamente olvidadas. Y los caminos previstos por Dios eran completamente distintos a las expectativas de su pueblo.

Hay un detalle que no ha podido pasar desapercibido a los estudiosos: Según dice San Lucas, Jesús estaba orando solo; pero a renglón seguido añade: sus discípulos estaban con él. Según los Padres de la Iglesia, aquí se trata de la soledad del corazón. San Beda, por ejemplo, siguiendo a San Ambrosio, dice:

Los discípulos estaban con el Señor y lo seguían en el camino, como hace notar Marcos. Pero él oró al Padre solo, porque los santos pueden estar unidos a Dios en una comunión de fe y de amor. Si no estoy equivocado, en ninguna parte se dice que haya orado con los discípulos. Al contrario, en todas partes ora solo, porque los deseos del hombre no pueden llegar a comprender los designios de Dios. Nadie puede llegar a ser partícipe con Cristo de este misterio interior (BEDA, In Luc. Ev. Exp.).

La soledad de Jesús es precisamente esa: que lo que se espera de Él es diametralmente opuesto a lo que espera su Padre. La reacción de Pedro se lo confirma: queda todavía un largo camino que recorrer en la educación de sus discípulos. Éstos, ni tan siquiera los íntimos, no acabarán de comprenderlo todo hasta Pentecostés

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 13)

Óscar Rodríguez

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4.La oración de Jesús en la Última Cena

4.1. Las peticiones de Jesús en la Última Cena

4.1.1. La oración por Pedro

La última cena es el momento privilegiado que Jesús ha reservado de modo especial para sus recomendaciones más urgentes a sus discípulos. Aquí se ve que el aspecto apostólico de su oración y lo que podía llamar su aspecto místico están intrínsecamente unidos entre sí. El objetivo de la oración de Jesús en este momento supremo es, sin duda, hacer partícipes a sus discípulos –y a todos los cristianos y a todos los hombres– del misterio de la propia vida. Jesús ora para que los discípulos puedan conocerle más profundamente, acepten su mensaje mesiánico en su auténtico significado, vivan en la verdad y crezcan en la fe y en el amor recíproco, y sean así sus testigos y cooperen en la instauración del reino de Dios.

La preocupación de Jesús por la fe de sus discípulos, que ya hemos visto antes, la volvemos a encontrar en la vigilia de su pasión y muerte. Los discípulos han permanecido hasta ahora fieles en medio de todas las dificultades, pero ahora llega el momento de la tentación más grave. Para Pedro, especialmente, se acerca el momento en que su fidelidad será puesta a dura prueba. En su oración Jesús piensa, sobre todo, en Pedro, porque sabe que dentro de poco éste no tendrá el valor de dar testimonio de él. Lucas nos relata no sólo el hecho, sino también las palabras de Jesús:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» (Lc 22,31-32)

Aquí se dice expresamente que Jesús ora por la fidelidad de Pedro, pero también para que Pedro, con su fe purificada, confirme a los demás discípulos. Las palabras cuando hayas vuelto, es decir, una vez convertido, son una alusión delicada a la negación de Pedro y, al mismo tiempo sugieren un arrepentimiento sincero que le seguirá. Más que una falta de fe, la caída de Pedro será una falta de valor para testimoniar la propia fe en el Señor.

En su comentario a este texto de Lucas, escribe Beda:

Cuando ora por Pedro, el Salvador no pide que Pedro no sea tentado, sino que no decaiga su fe, o sea que, tras la caída y la negación, se levante con el arrepentimiento y vuelva así a su estado anterior (In Lucae Evangelium expositio, 6).

Y San Juan Crisóstomo escribe:

No he rogado para que no me niegues, sino para que no desfallezca tu fe (Hom sobre S. Mateo, 82, 3).

Y Teofilacto añade:

Porque aunque San Pedro había de sufrir grandes agitaciones, tenia, sin embargo, escondida la semilla de la fe (...) y prosigue: “Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos”, como diciendo: “Después de que me hayas negado, llorarás y te arrepentirás, confirma entonces a tus hermanos, puesto que te he constituido jefe de los Apóstoles: esto es lo que te toca a ti, que eres justo conmigo la fortaleza y piedra de mi Iglesia”. Esto debe entenderse no sólo respecto a los discípulos que estaban allí presentes, para que fuesen fortalecidos por Pedro, sino también respecto de todos los fieles que hasta el fin del mundo habrán de existir (Enarratio in Evangelium Lucae, in loc.).

Como podrá deducirse de todos estos comentarios, estamos, en el versículo 32, ante unas palabras de Jesús de largo alcance en la teología dogmática, concretamente en la infalibilidad del Romano Pontífice:

Esta infalibilidad, que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de la fe y de las costumbres, se extiende a cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio, cuando, como supremo Pastor y Doctor de todos los fieles, que

confirma en la fe a sus hermanos, proclama de forma definitiva la doctrina de la fe

y costumbres (CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 25).

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 14)

Óscar Rodríguez

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4.La oración de Jesús en la Última Cena

4.1. Las peticiones de Jesús en la Última Cena

4.1.2. La petición por el envío del Espíritu Santo

En este último encuentro con los suyos, Jesús les promete cinco veces que les enviará el Espíritu Santo (Jn 14,15-16; 14,25-26; 15,26-27; 16,8; 16,13-14). Ya la primera promesa muestra claramente que el objeto de su oración es la efusión del Espíritu Santo:

Si me amáis, obedeceréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad (Jn 14,15-17 a)

Jesús promete a sus discípulos que pedirá al Padre que envíe el Espíritu sobre ellos. Cuando Jesús se vaya, el Espíritu Santo estará con los discípulos para protegerlos en los momentos de crisis; permanecerá con ellos en los momentos de miedo y de duda. Por eso, el Espíritu es llamado “paráclito” (ayuda, defensa). Como Jesús ha sido la ayuda para los discípulos, así el Espíritu será el “otro” defensor de su fe y será testigo de Jesús en su corazón. Por eso dice Jesús que es mejor para ellos que se vaya:

Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré (Jn 16,7).

La función del Espíritu Santo es doble: con su testimonio interior en el corazón de los discípulos, iluminará su conciencia íntima en medio de las persecuciones y de la oposición del mundo y, al mismo tiempo, los confirmará en su fe. En su comentario a este pasaje, Eutimio Zibageno emplea una expresión muy rica:

Él dará testimonio de mi, –dice Jesús–, resplandeciendo en vuestros corazones para daros una convicción de fe más perfecta (In Iohannem, 16)

La fe debe resplandecer, ser luz en el corazón de los discípulos. Esa fe será también fuerte y fiel, porque, junto con la luz y el esplendeor, el Espíritu dará a los discípulos la convicción y la fuerza.

El que concede el “don del Espíritu Santo” a los discípulos es el Padre, por medio de la oración de Jesús, o, como se dice a continuación, lo da Jesús mismo:

Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad que yo os inviaré y procede del Padre (Jn 15,26).

Se ve aquí una perspectiva trinitaria del misterio de la salvación. El “don del Espíritu” que Jesús pide en la oración, es el Espíritu del mismo Jesús que es dado a la Iglesia. De esta forma, Jesús permanecerá siempre presente en su Iglesia, y su Espíritu seguirá siempre en ella. Ese es también el sentido profundo del doble símbolo de la sangre y el agua que salen del costado traspasado de Jesús (cf Jn 19,34). La sangre es símbolo de la oblación íntima de Jesús al Padre, que estará continuamente presente para los creyentes en el agua del Espíritu. Así, también nosotros, hoy, participamos de las disposiciones interiores del Señor en la cruz.

La oración de Jesús, en estas últimas horas antes del don total de sí mismo al Padre, tiene la finalidad de hacer partícipes de su misterio íntimo a los discípulos.

Por eso, el Espíritu Los iluminará para que puedan entender la verdad completa (Jn 16,13).

Les hará conocer en lo más íntimo la misión, la palabra y la persona de Jesús:

El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis todo lo que yo os he enseñado y os lo explicará todo (Jn 14,26).

Sólo a partir de esta fe consolidada e iluminada, los discípulos podrán ser enviados al mundo y podrán decir, con las palabras de la 1ª carta de San Juan:

Esta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo, nuestra fe (5,4).

Jesús ha asegurado la asistencia divina a su Iglesia para siempre. Él mismo permanecerá con ella hasta el fin del mundo (cr Mt 28,20). Este es el objeto y el fruto de su oración en la Última Cena. Con gran claridad lo explicó el Papa Pablo VI en el discurso de apertura de Concilio Vaticano II:

Porque, como sabemos, dos son los elementos que Cristo ha prometido y otorgado, aunque diversamente, para continuar su obra: el apostolado y el Espíritu. El apostolado actúa externa y objetivamente; forma el cuerpo, por asi decirlo, material de la Iglesia, le confiere sus estructuras visibles y sociales, mientras el Espíritu Santo actúa internamente, dentro de cada una de las personas, como también sobre la entera comunidad, animando vivificando, santificando (n. 3).

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (cap. 15)

Óscar Rodríguez

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4.La oración de Jesús en la Última Cena

4.2. La oración sacerdotal

4.2.1. Jesús ora por su propia glorificación

Después de la cena, en el momento más solemne de este último encuentro con sus discípulos, Jesús se dirige al Padre. Ha llegado su “hora”: la hora de su pasión y muerte, pero también de su glorificación. Él ha cumplido su misión mesiánica aquí en la tierra para la glorificación de su Padre. Ahora puede orar así:

Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti (v. 1)

Ahora, Padre, glorifícame con aquella gloria que ya compartía contigo antes de que el mundo existiera (v. 5).

Al principio y al final de esta primera parte, vuelve la misma petición. Aunque las últimas palabras del versículo 5 pudieran darlo a entender, en realidad esta glorificación por la que Jesús ora no es una simple vuelta a la preexistencia del Verbo eterno antes de la Encarnación. La novedad de la inminente glorificación de Jesús en el acontecimiento pascual está en que, de ahora en adelante, también su “carne”, su humanidad, será transformada para transparentar la vida filial. Él será glorificado después de haber cumplido su misión mesiánica. La última realización del reino de Dios es la glorificación de Jesús, para que la gloria del Hijo (de la que participa su humanidad) abarque a todos los hombres.

Éste es el fin último de su misión:

Ésta es la vida eterna por la que ora: Tú (Padre) le diste (al Hijo) poder sobre todos los hombres, para que él de la vida eterna a todos los que tú le has dado (v. 2).

Por tanto, la oración de Jesús por su glorificación no afecta sólo a él mismo, no es sólo una oración “personal”, si se nos permite usar este término, sino que es, sobre todo, una oración mesiánica: abarca la salvación de todos los hombres y el cumplimiento del reino de Dios.

Esta oración por la glorificación es típicamente joánica y característica de la teología del cuarto evangelio por la “anticipación escatológica” que contiene. Según Juan, la vida eterna no está reservada exclusivamente al futuro, al más allá, sino que está ya presente aquí, en la tierra, en la fe cristiana:

La vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado (v. 3).

Por eso, Jesús al final ora también para que todos los hombres participen, por medio de la fe en él, en el conocimiento existencial de la paternidad de Dios.

 

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (VII)
Óscar Rodríguez

2. La oración de Jesús
2.4. ¿Podía orar realmente Jesús?

Antes de entrar en el contenido de la oración de Jesús hemos de resolver

una dificultad, que podría formularse de esta manera: Si se acepta el dogma cristiano de la persona de Cristo, si se reconoce que Jesús está íntimamente unido a Dios, siendo el Hijo unigénito de Dios y verdadero Dios, ¿se puede decir que podía realmente orar, en el sentido de “pedir algo a Dios” o de “adorar a Dios”? Orar presupone saber que hay una gran distancia entre la criatura y Dios, darse cuenta de la propia indigencia, debilidad e impotencia, y también tener conciencia de ser pecador. La oración es un diálogo entre desiguales. ¿Qué sentido tiene, entonces, hablar de oración en el caso de Jesús? Algunos modernos teólogos protestantes tienden a eliminar el elemento humano en Jesús, describiéndolo con frases como “un resplandor proveniente del cielo”, “Dios que camina en la tierra” y poniendo como en sordina la misma palabra revelada: Y el Verbo se hizo carne. Y concluyen: “Si esto es así, Jesús no podía realmente orar. Orar, pedir algo a Dios, no tiene ningún sentido para él” (R. Bultmann).

Incluso algún teólogo católico, y valioso, como K. Adam, resuelve la dificultad diciendo que “Toda la oración de Jesús se eleva sólo según el querer de Dios, para su honor y su gloria; por tanto, sus oraciones son preferentemente oraciones de acción de gracias”.

Sin embargo, entre las oraciones de Jesús referidas en los Evangelios, sólo hay una de acción de gracias. Las demás son de petición. Hay que reconocer que Jesús podía, o mejor dicho, tenía que orar. Y esto significa reconocer su naturaleza humana y su voluntad humana.

Lo cierto es que esta dificultad ya la resolvió Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, y el hecho de que siga siendo problema para algunos puede deberse, sencillamente, al rechazo de la teología tradicional de la Iglesia. Santo Tomás se pregunta si Jesús podía orar, en el sentido de hacer peticiones a Dios y contesta, casi con frescura: “Sí, porque, de hecho, pedía”. Y para explicarlo, añade:

En Jesús hay dos voluntades –la divina y la humana–, y la voluntad humana no es capaz de hacer por sí sola lo que quiere, sin el recurso al poder divino; por eso, Cristo, como hombre con voluntad humana, podía rezar (Suma Teológica, III, 21, 1, resp.)

La única diferencia en la oración de petición de Jesús y la de los demás hombres está en la cuestión del pecado. No sólo en el cristianismo, sino también en las otras religiones, la oración está a menudo muy ligada con la conciencia de pecado. Pero en la oración de Jesús no hay ningún indicio de culpa. No percibimos en Él ninguna huella de conciencia de pecado. Es verdad que en el Padrenuestro Jesús inculca a los hombres que oren así: “Perdona nuestras ofensas”; pero Él personalmente nunca ora así. Nunca salió de sus labios la súplica: “Padre, perdóname”.

Para quien conoce la condición humana y analiza la actitud de Jesús, la ausencia absoluta de conciencia de pecado en Él resulta un enigma psicológico: No muestra nunca asombro ante la santidad de Dios, o miedo y temor ante la propia culpa.

Y sin embargo Jesús sí conoce la realidad del pecado. En el momento más doloroso de la Pasión se oyeron sus palabras: Padre, perdónalos. Él ora como quien no conoció el pecado y consciente de su singularidad:

¿Quién de vosotros sería capaz de demostrar que yo he cometido pecado? (Jn 8,46).t es una fuente elegante ideal para diseñadores. Es una excelente fuente para títulos, párrafos y más.

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (IV)

Óscar Rodríguez

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2. La oración de Jesús

2.1. Los lugares en que Jesús oraba

Jesús no ha sido un “revolucionario”, no ha roto con la tradición judía. Después del exilio, el pueblo de Israel ha considerado cada vez más el templo de Jerusalén como el centro del culto, como se ve en el diálogo de Jesús con la Samaritana:

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» (Jn 4,19-20)

Los judíos acudían al Templo en tres ocasiones, para las fiestas de Pascua, de Pentecostés y de los Tabernáculos. Además se habían multiplicado las sinagogas, que no eran lugares de culto, sino de oración. De Jesús sabemos que asistía cada sábado a la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios, y que intervenía en la predicación.

Pero tanto de sus peregrinaciones al Templo como de su asistencia semanal a la Sinagoga, los Evangelios nunca dicen que Jesús oraba. No es que no lo hiciera, sino que lo dan por supuesto. En cambio, los evangelistas subrayan, y con interés, la oración de Jesús en otros lugares no habituales. Que Jesús iba al Templo a orar es indudable. La costumbre judía es que al Templo se iba a orar:

¡Oh, qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa de Yahvé! ¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies en tus puertas, Jerusalén! Jerusalén, construida cual ciudad de compacta armonía, a donde suben las tribus, las tribus de Yahvé, es para Israel el motivo de dar gracias al nombre de Yahvé (Salmo 122,1-4).

En el temprano episodio de la desaparición del Niño, éste contesta a su madre:

«Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49)

Esta costumbre siguió en la práctica de los primeros discípulos de Jesús, en la primitiva Iglesia de Jerusalén, como se puede leer en los Hechos de los Apóstoles:

Pedro y Juan subían al Templo a la hora de la oración, hacia las tres de la tarde (He 3,1).

Pero Jesús, además, oraba siempre, en cualquier parte. Para sus discípulos esta era la “novedad” de su oración que les había llamado la atención.

El lugar que Jesús elegía para orar habitualmente era un sitio un poco aislado, un monte, el huerto de los olivos (cfr. Mc 1,35; 6,46; Lc 4,42; 5,16; 6,12; 9,18). El tipo de lugar no parece que tenga mucha importancia. En cierto lugar, dice San Lucas (11,1), como si cualquier especificación fuese insignificante. Esta vez, los discípulos se quedan con su Maestro durante la oración; pero la mayoría de las veces Jesús procura estar solo. Al principio de su vida pública, se siente movido por el Espíritu al desierto, para pasar allí cuarenta días de ayuno y oración (Mt 4,1).Más tarde, al final de jornadas de mucho trabajo, parece sentir una verdadera necesidad de soledad. Por ejemplo, tras la primera multiplicación de los panes. Los textos de Marcos (6,45) y Mateo (14,22) no dejan lugar a dudas: Jesús desea estar solo. Junto al desierto y a los lugares solitarios en general, con frecuencia es un monte o la montaña el lugar de oración de Jesús (Mc 6,46; Lc 6,12).

Otro lugar de oración de Jesús, que se recuerda de modo particular, es el Huerto de los Olivos. Jesús va a él en la hora trágica de su sufrimiento; allá se manifiesta todavía más su necesidad de soledad. Deja detrás de él, a cierta distancia, a los tres discípulos elegidos. Volveremos sobre este episodio, de manera más detallada, cuando estudiemos la oración de Jesús en su agonía

 

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (V)
Óscar Rodríguez
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2. La oración de Jesús
2.2. Los momentos en que Jesús oraba

El pueblo de Israel era un pueblo muy religioso; trataba con frecuencia de acercarse a Dios en la oración. En los salmos resuena el deseo de elevar el corazón a Dios en todo momento: el salmista se dirige a Dios no sólo a la hora de la oración en el Templo (Sal 55,18), sino siete veces al día (Sal 119,164), desde la mañana temprano y también durante la noche (Sal 5,4; 77,3). Anhela caminar siempre en la presencia del Señor (Sal 88,10; 16,8).

Entre los judíos del tiempo de Jesús, esta tradición de oración se había ido fijando cada vez más en gran número de prescripciones. Cada día, por la mañana y por la tarde, era obligatoria –al menos para los hombres– la recitación del Shema Israel, una especie de profesión de fe. A las tres de la tarde, todos (incluidos esclavos, mujeres y niños) debían recitar las dieciocho bendiciones. Además se habían establecido oraciones específicas para cada comida, para el sábado, para las fiestas, para los días de ayuno y para cada acontecimiento importante de la vida. En el tiempo de Jesús se ve que hay un aumento de prescripciones, pero acompañado de un retroceso en la oración de los salmos.

¿Qué nos dicen los evangelios sobre la oración de Jesús en este ambiente? Como ya hemos visto, participaba en las oraciones cultuales del sábado en la sinagoga y de las fiestas importantes en el Templo. Como todos los judíos de su tiempo, también él recitaría las oraciones prescritas. Los evangelios recuerdan explícitamente las oraciones rituales que Jesús dice durante la cena pascual poco antes de su pasión y de su muerte:

Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos (Mc 14,26)

En lo que respecta a las oraciones oficiales, las indicaciones de los evangelios son muy escasas. En cambio, se habla con frecuencia, y en las circunstancias más diversas, de su oración personal y espontánea.

En varias ocasiones, los evangelistas dicen que Jesús, siguiendo la costumbre judía, pronunció la oración de bendición. En la multiplicación de los panes, bendijo los panes y los peces:

Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los fueran sirviendo. También repartió entre todos los dos peces (Mc 6,41).

Bendijo a los niños que le presentaron:

Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos (Mc 10,16).

En la última cena bendijo solemnemente el pan y el vino:

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella (Mc 14,22- 23).

Tras la resurrección, repitió el mismo gesto en Emaús, y así los discípulos lo reconocieron por este signo:

Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado (Lc 24,30-31).

Por fin, en el momento de la Ascensión, bendijo por última vez a los discípulos:

Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo (Lc 24,51).

En cuanto a los tiempos y al ritmo de la oración de Jesús, los sinópticos, especialmente Lucas, hacen ver la estrecha relación entre esa oración de Jesús y los momentos decisivos de su misión mesiánica. Jesús no se ha limitado a seguir una tradición religiosa; ha orado, ante todo, en los momentos y en los acontecimientos importantes y determinantes para la venida del reino de Dios. En los evangelios se dice a menudo que Jesús se retiraba a orar. Esto ocurría, sobre todo, después de los grandes milagros; por ejemplo, tras las numerosas curaciones en Cafarnaún:

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. (Mc 1,35)

Tras la curación del leproso:

Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba (Lc 5,15-16).

Tras la multiplicación de los panes:

Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar (Mc 6,46)

Es como si en esos momentos sintiese una necesidad especial de estar solo con el Padre, de alabarlo y darle gracias por la manifestación de su bondad y poder.

Tras la multiplicación de los panes, Jesús ha tenido que pasar muchas horas en oración. Era todavía la tarde cuando estaba ya orando en el monte, en soledad, y sólo durante la cuarta vigilia (o sea, entre las 3 y las 6 de la mañana) bajó adonde sus discípulos. En sus viajes apostólicas eran frecuentes las oraciones breves pero ardientes, que dirigía al Padre, como su en toda esa actividad quisiese mantener un contacto continuo con Él. Cuando los discípulos volvieron llenos de alegría de su primer viaje misionero, él prorrumpió en un grito de júbilo al Padre, porque había revelado sus secretos a los pequeños:

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (Lc 10,21).

Antes de la resurrección de Lázaro dio gracias al Padre, porque con ese milagro confirmaba su misión mesiánica:

Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.» (Jn 11,41).

El día de su entrada triunfal en Jerusalén, cuando algunos griegos intentaban hablarle, dirigió una oración al Padre, porque había llegado su hora y para que el Padre fuese glorificado en ella:

Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.» (Jn 12,27-28).

Pero eran, sobre todo, las etapas decisivas de su misión mesiánica lo que Jesús preparaba en el silencio de la oración, a menudo durante varias horas. En el momento de su bautismo en el Jordán, como principio de su actividad pública, la teofanía ocurrió mientras estaba orando (Lc 3,21). Antes de la elección de sus discípulos, Jesús pasó la noche orando a Dios (Lc 6,12). En Cesarea de Filipo, la confesión mesiánica de Pedro estuvo precedida por la oración de Jesús con sus discípulos (Lc 9,18). La Transfiguración en el Tabor, destinada a reforzar la fe de los discípulos antes las pruebas inminentes de su pasión y de su muerte, sucedió mientras estaba en oración (Lc 9,29). Por fin, Jesús pasó las últimas noches antes de su pasión en la soledad del Huerto de los Olivos, en oración (Lc 21,37).

El evangelista San Juan relata el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena, que termina espontáneamente con la llamada “oración sacerdotal”, en la que ora con insistencia por la unidad entre sus discípulos (Jn 17). Los Sinópticos hablan de su oración al Padre en la agonía de Getsemaní, inmediatamente antes de la pasión:

Cayó rostro en tierra y estuvo orando (Mt 26,39)

Por fin, al morir en la cruz, Jesús ha orado por sus enemigos:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

Se puede decir que toda su vida está ritmada por estos momentos intensos de oración. Es un ritmo marcado por su profunda conciencia interior de haber sido enviado, como Hijo del Padre y en obediencia a la voluntad del Padre, a anunciar el reino de Dios para la salvación de los hombres. Jesús no sólo ha continuado la gran tradición de oración de Israel, sino que la ha superado y le ha dado una nueva dimensión. Ha ido más allá de los rabinos judíos, cuando ha dicho que hay que orar siempre sin desanimarse (Lc 18,1), como la viuda de la parábola, que importunaba al juez día y noche:

Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? (Lc 18,7).

Jesús ha vivido en relación continua con el Padre:

Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Jn 16,32).

El fuerte anhelo de Dios expresado en los salmos, Jesús lo ha vivido intensamente como orientación hacia su Padre. Así ha llevado a cumplimiento la oración de los salmos de Israel.

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LA ORACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO (VI)
Óscar Rodríguez

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2. La oración de Jesús
2.3. La actitud externa de Jesús en la oración

En el pueblo de Israel, tan espontáneo en la manifestación de sus sentimientos religiosos y que había elaborado con tanta riqueza el ritual del culto divino, la actitud externa durante la oración había adquirido una gran importancia. En los salmos son frecuentes las descripciones de gestos y movimientos, tan llenos de valor simbólico. Arrodillarse, inclinarse, postrarse en tierra, eran actitudes de oración habituales en Israel:

Entrad, adoremos, ¡prosternémonos,
de rodillas ante Yahveh que nos ha hecho! (Sal 95,6)

Postraos ante Yahveh en esplendor sagrado, ¡tiemble ante su faz la tierra entera! (Sal 96,9)

A veces, en señal de alegría, se batían palmas durante el culto:

¡Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de alegría! (Sal 47,2)

Los ríos baten palmas, a una los montes gritan de alegría (Sal 98,8).

Y durante la oración existía la costumbre de alzar las manos al cielo o en dirección al Templo:

Yo te llamo, Yahveh, todo el día, tiendo mis manos hacia ti (Sal 88,10).

¡Por las noches alzad las manos hacia el santuario, y bendecid a Yahveh! (Sal 134,2).

Este aspecto gestual no debe considerarse como una actitud del cuerpo puramente material y formal. El gesto confiere una gran fuerza expresiva a los sentimientos interiores y tiene un significado simbólico. En el relato de la Ascensión del Señor a los cielos se dice:

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios (Mc 16,17).

Aquí, aparte del hecho de llamar “ascensión” al paso de Jesucristo a la gloria, las expresiones “elevar” y “sentarse” son fuertemente rituales: Jesús desaparece en la dirección de la oración, hacia arriba. Aunque se trate de una visión ingenua, porque no hay arriba ni abajo, el hombre interpreta el cosmos como aparece a los sentidos: la cabeza, la luz, la amplitud están “en lo alto”, y los pies, la oscuridad y las tinieblas están “en lo bajo”.

Y el estar sentado es propio del que tiene poder para atender las peticiones y para dar magisterio (“Seu”=sede; “Cathedra”=cadira, asiento). Hay muchas maneras de estar en oración, pero nunca sentado, en ninguna religión.

En la oración de Jesús en Getsemaní se describe explícitamente la actitud externa del cuerpo, con algunas diferencias entre los sinópticos: Se arrodilló (Lucas), se postró en tierra (Marcos), y Mateo añade: Con el rostro en tierra. Eran gestos habituales que, en ese momento dramático de Jesús, acentúan todavía más su oración y confirman que ésa era efectivamente su actitud.

En otros pasajes de los evangelios, se dice con frecuencia que Jesús pronunció la bendición e impuso las manos a los niños. En los momentos de oración, a menudo alzaba los ojos al cielo (cf. Mc 6,41; 7,34; Lc 9,16; Jn 11,41), especialmente cuando realizaba milagros (como, por ejemplo, la multiplicación de los panes, la curación del sordomudo y la resurrección de Lázaro:

Entonces Jesús alzó los ojos al cielo y dijo... (Jn 11,41).

El gesto y la actitud del cuerpo en la oración, para Él, tienen sentido sólo como expresión de los deseos del corazón. Jesús ha enseñado que la oración del fariseo que, seguro de sí mismo, está de pie en el Templo, no complace a Dios; sí le complace, en cambio, la oración del publicano, que se mantiene a distancia, sin atreverse tan siquiera a levantar los ojos, y dándose golpes de pecho:

Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias." En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» (Lc 18,9-14).

Asimismo, a los enfermos y pecadores que iban donde él y se arrodillaban o postraban por tierra, suplicando la curación o el perdón, Jesús los escuchaba y alababa, no tanto por su actitud respetuosa como por su fe, su arrepentimiento y su amor. Para Jesús tienen importancia sólo las disposiciones interiores. Los gestos y las actitudes externas sirven para expresar esos sentimientos en la oración, pero, en sí, son menos importantes y nunca son un elemento esencial de la oración cristiana. Ésta tiene, sobre todo, una dimensión interior y se realiza en lo secreto del corazón.

La unidad psicosomática que es el hombre hace que cada expresión de su interioridad tenga una correspondencia corporal. Nuestra cultura occidental, fuertemente racionalista, es pobre en manifestaciones corporales, como si la postura del cuerpo no tuviera relación con la actitud del alma. En varias ocasiones se ha advertido que algunas posturas corporales propias de la meditación budista, con el cuerpo en repliegue, dificultan la oración cristiana, mientras que otras, como las manos juntas o la postración, la facilitan

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La Oración en el Nuevo Testamento (Oscar Rodriguez)

UNO     DOS     TRES